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3 arquitectas mexicanas que rompen fronteras

Estas tres mujeres han sido ganadoras de reconocimientos internacionales durante los últimos meses. Tienen en común priorizar el trabajo en equipo y la integración de la interdisciplina.

CIUDAD DE MÉXICO

Tres arquitectas mexicanas han sido ganadoras de reconocimientos internacionales durante los últimos meses.

Cada una ha desarrollado un estilo propio, por medio de una práctica en la que el aprendizaje es la principal constante; formadas en diferentes casas de estudio, han regresado a las aulas para perfeccionar su labor o para instruir a las nuevas generaciones.

Tienen en común priorizar el trabajo en equipo y la integración de la interdisciplina para lograr proyectos humanistas que cubran las necesidades del usuario y generen beneficios sociales y económicos en el entorno.

Rozana Montiel

La mirada de Rozana Montiel es transparente y su voz transmite convicción. Cuando recibió el premio Moira Gemmill 2017 de Arquitectura Emergente, otorgado por The Architectural Review, explicaba: “La arquitectura social no es solo dar a las personas lo que necesitan”.

Montiel concibe como responsabilidad de la arquitectura hacer proyectos sociales “tocando los límites del arte”. Y explica a Obras que el reconocimiento logrado se debe a la congruencia estética y el proceso casi artesanal que sigue al estudiar un lugar y diseñarlo, y a su forma de representar la arquitectura y las herramientas que emplea junto con su equipo.

“Pensamos a través del diseño. Estamos interesados no solo en el diseño de espacios habitables, sino también en la espacialidad como un arte”, afirma.

Hacer arquitectura es crear espacios de interrelación humana, porque del diseño arquitectónico emana una construcción social. “Es necesario reflexionar sobre cómo los espacios nos conectan entre sí, el tipo de identidad que generan y el modo en que dialogan con el contexto histórico y material”.

Montiel, licenciada en Arquitectura y Planeación Urbana por la Universidad Iberoamericana (1998) y con maestría en Teoría de la Arquitectura y Crítica por la Politécnica de Catalunya, está interesada en resignificar la materialidad, la espacialidad y la luz, así como en “hacer lugar”, lograr congruencia entre las necesidades del usuario y el diseño del espacio.

Para el Moira Gemmill, Montiel, que en 2004 fundó el estudio que lleva su nombre, presentó tres proyectos. Común Unidad es una rehabilitación del espacio público de la Unidad Habitacional San Pablo Xalpa (2015), en Ciudad de México, donde los muros, rejas y barreras fueron resignifi cados para crear áreas de recreación.

En Cancha (2015) reutilizó una explanada descubierta en una unidad habitacional de vivienda de interés social en Veracruz. Fue echada a manera de pórtico y ahora incluye gradas, salas de juego, hamacas, salones de actividades y baños.

Casa Albino Ortega (2017), en Morelos, modula distintos ambientes de intimidad y disfrute de la naturaleza, con el agua como hilo conductor.

Gabriela Etchegaray Cerón

“La arquitectura nunca ha sido una profesión exclusiva del género masculino”, dice contundente Gabriela Etchegaray, quien con 33 años es parte del comité que curará el pabellón de México en la Bienal de Arquitectura de Venecia 2018 (la que también será curada por dos mujeres: Yvonne Farrell y Shelley McNamara, de Grafton Architects, bajo el tema Espacio libre).

Gabriela es una mujer alta, de rasgos finos que soportan unas gafas. Su nombre se escucha cada día más. A mediados de 2017 fue una de las 30 promesas de las revista de negocios Expansión. Y en 2016 recibió el premio Women in Architecture, de Architectural Review.

Socia de Jorge Ambrosi, en Ambrosi + Etchegaray, aclara que “detrás de muchas oficinas donde la figura principal es un hombre, hay una socia, una mano derecha femenina que no está en primer plano”, pero que existe. Lejos de los géneros, estima que lo más importante es la labor en equipo y sí reconocer a las fi guras que contribuyen a la evolución de la profesión.

La mancuerna de la que forma parte ha destacado por su preocupación en torno al espacio, la historia, la memoria, el tiempo, la luz y el territorio. Su forma de abordar las obras los llevó a ser nombrados en 2015 Emerging Voices por la Architectural League of New York.

“En la oficina constantemente nos cuestionamos cuál es nuestra tarea como arquitectos. Reflexionamos para tratar de llegar a la esencia de lo que buscamos en cada proyecto y, al mismo tiempo, entender su estructura o comportamiento social, el involucramiento del ser humano”, explica la arquitecta. Gabriela comparte una inquietud, aliciente para no cesar la reflexión: “La arquitectura tiene que ir más allá de lo estético y lo funcional. ¿A dónde? Ésa es la pregunta”.

Ella responde con una práctica que involucra diversas disciplinas, como filosofía y psicología. Con un Master en Gestión Creativa y Transformación de la Ciudad en la Universidad Politécnica de Catalunya y la Universidad Iberoamericana, la arquitecta desarrolla la parte conceptual de sus anteproyectos, define las ideas y los conceptos, cuya materialización corresponde a Ambrosi.

Etchegaray aborda la vivienda y la infraestructura recreativa y cultural. El Parque Tamosura, en Cananea, Sonora, es ejemplo de ello, de hecho, fue reconocido como Obra de Impacto por Obras en 2017.

Sobre la vivienda tiene la intención de romper con la simplicidad, relacionarse con el exterior y lo natural. Para la también urbanista, las ciudades son una suma de eventos y condiciones que pueden ligarse a la generación de nuevos proyectos, lo mismo que la herencia y la naturaleza pueden ser resignifi cadas en las obras y su entorno.

En su renovación del Palenque Mezcales Milagrito (2014), en Oaxaca, la arquitectura vernácula contribuye a preservar la producción artesanal del mezcal como un ritual alrededor de la propia bebida, pero también de la tierra donde nace el agave y de las tradiciones.

“Trabajar en el Palenque exigió ser menos aprensivos con las ideas preconcebidas que tenemos como arquitectos y con la estética con la que nos sentimos cómodos”, confiesa.

Ese proyecto fue uno de los dos que Etchegaray presentó como finalista en el premio Moira Gemmill. El otro fue el residencial Guanajuato 148, en la Ciudad de México, en el que una casona colonial, de la que se conservaron algunos elementos originales, fue rehabilitada y reconvertida en 11 casas habitación que convergen en un patio central, a manera de vecindad.

Ahora, Etchegaray está estudiando la maestría en Curaduría y Crítica en Arquitectura en la Universidad de Columbia, en Nueva York.

“Quiero abrirme a otros campos y disciplinas para volver a voltear hacia lo que me apasiona desde otro punto de vista, enriquecer el trabajo y ayudar a ofrecer otras respuestas y caminos, para entender al fi nal qué es la arquitectura”, expresa.

Gabriela Carrrillo

Con 18 años tomó la decisión de hacer de la arquitectura su proyecto de vida, y comenzó a estudiar la carrera en el taller Jorge González Reyna, de la Facultad de Arquitectura de la UNAM.

Después de 21 años, la visualización y creación de espacios sigue siendo para Gabriela Carrillo un pensamiento constante, pero ahora de manera mucho más serena.

“He aprendido a reconocer que la cotidianidad construye conceptos importantes en mi quehacer profesional”, dice la arquitecta.

Carrillo fue reconocida como Arquitecta del Año en 2017 por la Architectural Review. Su trayectoria suma más de 20 años, y acumula proyectos que cada vez encierran una mayor refl exión en torno al paisaje, a la conexión con elementos propios de la localidad donde se desarrollan, a la historia y la tradición, para que entren en simbiósis con la funcionalidad o el programa en cuestión.

Ejemplo de esto es el Juzgado Oral Penal de Pátzcuaro, proyectado por el taller Mauricio Rocha + Gabriela Carrillo, obra que impulsó el reconocimiento a Carrillo, y en la que se distingue la capacidad de crear espacios humanos, libres y transparentes, a pesar de los altos estándares de seguridad exigidos.

“Los premios me hacen muy feliz y los agradezco, pero no son mi prioridad ni el foco de mi energía”, aclara esta arquitecta que transmite seguridad.

Para Gabriela “es un momento importante y afortunado, en el que la arquitectura internacional está volteando los ojos hacia nuestro país. Como mujer y arquitecta, me parece incómodo que las premiaciones tengan que estar dirigidas a un solo género, pero sé que en el entorno profesional hay desigualdades, abandono y rezago cultural ante la figura femenina, aunque estamos muy presentes en la academia y en las aulas”, dice.

El tiempo, pero sobre todo las obras, le han dado a Gabriela Carrillo algunas respuestas en torno a esas preguntas siempre constantes; por ello explica que la arquitectura es una colaboración, un trabajo interdisciplinario en equipo, que comienza con la constante discusión y crítica con su socio, Mauricio Rocha, y que requiere la participación de todos los miembros del despacho.

Titulada con mención honorífica en 2001, ese mismo año se unió al despacho de Rocha, primero como jefa de taller durante 10 años y, desde 2012, como socia.

El primer proyecto en el que intervino fue el Mercado de San Pablo Oztotepec (2003), en la delegación Milpa Alta de la Ciudad de México.

“El día de la inauguración, la gente estaba realmente conmovida y emocionada con el espacio. Fue la primera oportunidad que tuve de apreciar el poder de la arquitectura y su impacto en quienes la habitan”, comenta.

En 2008, la dupla creó lo que para Carrillo es el proyecto que definió la visión del despacho: el Pabellón Sonoro en San Luis Potosí que, de manera sencilla, “conecta ideas y genera una exploración que nos interesa como oficina de arquitectura”, explica.

También destaca la Escuela de Artes Visuales de Oaxaca (2011), conjunto conformado por edificios de tierra compactada, terrazas, patios y amplios ventanales, concebido como un espacio flexible para ser habitado de diversas maneras.

Con la Biblioteca para Ciegos y Débiles Visuales (2013) en la Ciudad de México, el taller abrió una puerta hacia otras posibilidades: “Entendí que la arquitectura que me interesa debe dotar de sensibilidad a los espacios, hacerlos inclusivos, para conectar con todos los sentidos y lograr que la vista no sea lo único importante”, manifiesta Carrillo.

Con ese proyecto ganaron la medalla de plata en la categoría Diseño de Interiores de la Bienal Nacional de Arquitectura Mexicana 2014, y también recibieron la medalla de plata en la categoría Cultura por el Centro Académico y Cultural San Pablo (Oaxaca).

Carrillo, quien ha compaginado su trayectoria con la docencia, expresa: “Nunca me he sentido rechazada por ser mujer, pero comparto oficina y créditos con un hombre que es una institución en el mundo de la arquitectura, por lo que, en ocasiones, se omite mi participación. Tener un reconocimiento de este tipo evita cuestionamientos y ayuda a resignificar el papel de la mujer en el ámbito profesional arquitectónico”.

obrasweb.com

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